En las zonas
El hipertexto y la política de la interpretación

Stuart Moulthrop
Febrero 1989

"Los sistemas hipertextuales del mañana tendrán inmensas ramificaciones políticas, y sin duda traerán muchas luchas."
(Ted Nelson)
" Siguen las separaciones. Cada zona alternativa se aleja de las otras rápidamente, en inevitable aceleración, cambiando radicalmente, huyendo del centro."
(Thomas Pynchon)

Hace veinte años que la tecnología de la escritura debería haber realizado un cambio de paradigma (incluso un cambio radical). Cuando las humanidades se dieron cuenta del poder de los ordenadores en los años sesenta, descubrieron que el modo dominante de organización textual, el volumen encuadernado, no es necesariamente el mejor modo de organizar la expresión. El libro no es el modo definitivo de acceso a datos. Tampoco lo son las tarjetas perforadas o los rollos de cinta magnética, pero estos métodos permitieron un avance sobre la página escrita, los segmentos de discurso ya no tenían que estar sujetos a una secuencia fija. Almacenar texto como una matriz de información o "base de datos que admite cualquier acceso" permitía a los lectores recuperar y construir el texto como quisieran. La producción final del texto se convertía así en "interactiva", pues el lector determinaba la sucesión de sus partes.

En los sistemas de escritura electrónica, las fuerzas alusivas y elípticas inherentes a la prosa ya no estaban limitadas por la paginación y la encuadernación. Desarrollando las especulaciones de Vannevar Bush, Douglas Engelbart y otros, Theodor H. Nelson propuso un sistema de "escritura no-secuencial" para el que inventó el nombre de hipertexto (Nelson, Dream Machines 12). Un hipertexto es de alguna manera como una enciclopedia, una colección de escritos a través de los cuales el lector puede moverse en casi cualquier secuencia. Pero a diferencia de la enciclopedia, el hipertexto no tiene una estructura predefinida. Los "artículos" en un hipertexto no están agrupados por título o materia; en vez de eso cada pasaje contiene nexos o referencias que apuntan a otros pasajes. Estos nexos pueden ser palabras en el texto, palabras clave que el texto implica, o símbolos especiales. Activar el nexo, escribiendo alguna palabra en el teclado o enviando una indicación con el ratón, trae el pasaje conectado a la pantalla.

Como mínimo, el hipertexto automatiza y simplifica la tarea del lector de moverse por un complejo documento no-lineal. Elimina las distracciones de volver la página o buscar el volumen, permitiendo el acceso a la información en cuestión de segundos en lugar de horas o días. Esta economía de esfuerzos podría alterar significativamente la velocidad y el alcance del intercambio intelectual (no necesariamente para mejor); pero el ahorro de tiempo no es la auténtica razón de la importancia del hipertexto. El hipertexto no sólo ofrece optimar nuestro acceso a lo escrito, sino transformar el modo en que producimos y organizamos los textos.

Ya que todos los elementos de un sistema hipertextual están sujetos a conexiones, es difícil separar un discurso de otro. En una obra impresa, las notas y la bibliografía dan una presencia en la página a escritos de fuera del texto, pero esa presencia es metafórica. El hipertexto abole esta metáfora: los otros escritos aparecen cuando el lector activa un nexo. El hipertexto nos invita así a revisar nuestras nociones sobre el discurso definitivo. Parece movernos en la dirección del texto "escritor" de Roland Barthes, definido como "ese espacio social que no deja a ningún lenguaje a salvo o intacto, que no le permite a ningún sujeto enunciador mantener la posición de juez, profesor, analista, confesor o decodificador" ("From Work to Text" 81).

Pero estas transformaciones radicales de la escritura no suceden de un día para otro. La idea del hipertexto se recibió con entusiasmo en círculos informáticos, y a principios de los ochenta ya se habían creado unos cuantos sistemas experimentales. De todas formas, pocos humanistas comprendieron o se interesaron demasiado por la nueva tecnología. El hipertexto continuó siendo el dominio de los informáticos y los diseñadores de software comercial hasta mediados de los ochenta, en que los ordenadores personales eran ya lo suficientemente potentes como para soportar sistemas hipertextuales a pequeña escala. Por primera vez los no iniciados en los misterios de la programación informática podían trabajar con texto electrónico de múltiples nexos.

Según van las cosas, este último boom del hipertexto podría afectar a todos los campos de la escritura, pero parece que las mayores controversias se producirán en el ámbito académico. Los sistemas hipertextuales ya tienen su lugar en bastantes colegios profesionales donde sirven sobre todo como sistemas muy eficientes de recuperación de información, y se han anunciado ambiciosos planes para proyectos de texto conectado entre departamentos universitarios. En las humanidades, sin embargo, donde el discurso nunca puede separarse de la polémica y la condición de "hecho establecido" es siempre dudosa, la llegada del hipertexto provocará sin duda bastante conflicto.

El hipertexto es un sistema en el que conviven argumentos diversos e incluso contrarios en una sola estructura, y todos pueden emerger en el proceso de lectura. El sistema presenta así la figura ideal para su propio futuro pues la noción del hipertexto es en sí misma un punto de convergencia de ideas opuestas sobre el texto, la autoría y la función social de la escritura. Los proyectos de hipertexto en las humanidades podrían nacer dominados por ideologías competitivas con aproximaciones muy diferentes a la organización del conocimiento. Aún es muy pronto para decir cuál de estas ideologías acabará dominando y que "lectura" del hipertexto acabará emergiendo. Sin embargo ya es hora de empezar a pensar en las implicaciones políticas del hipertexto en el mundo académico.

A pesar de haber sido recientemente adoptado por compañías comercializadoras de alta tecnología, el concepto del hipertexto le debe mucho a la crítica de los años sesenta y setenta. Consideremos el caso de Ted Nelson, pionero del hipertexto que desarrolló "Xanadú", uno de los proyectos textuales más ambiciosos que se han concebido. Nelson se describe a sí mismo como un "bribón intelectual", y un "crítico social" (Literary Machines 2/10). Considera su nuevo sistema de escritura como parte de un movimiento social más amplio que tiende a descentralizar la autoridad y dar más poder a los individuos. Nelson opina que el desarrollo de los ordenadores personales fue un golpe crucial a la estructura de poder del mundo informático. Afirma haber previsto hace diez años que "los nuevos ordenadores personales amenazarían profundamente (...) las grandes computadoras en general; que habría un nuevo espíritu de libertad e iniciativa entre los usuarios así liberados...; que esto traería una explosión de usos del ordenador de todo tipo que los grandes centros de computadoras habían suprimido ... usos que ya no podrán condicionar ni controlar..." (Computer Lib 163). Nelson es una figura complicada que no puede ser ideológicamente etiquetada de una sola forma, pero adopta con regularidad una reminiscencia retórica de la Nueva Izquierda, aquí enfrentando explosión y liberación con supresión y condicionamiento. Nelson parece entender el término "revolución informática" más literalmente que muchos de sus jóvenes seguidores.

Mientras Nelson planeaba este nuevo modo de escribir, los teóricos de la literatura estaban deconstruyendo los métodos de interpretación tradicionales. Influidos por políticas intelectuales en muchos puntos similares a las de Nelson, los críticos post-estructuralistas tenían en mente una literatura centrada en el lector. "El objetivo de la obra literaria (de la literatura como obra)", escribía Roland Barthes a finales de los sesenta, "es hacer que el lector deje de ser un consumidor y se convierta en productor del texto" (S/Z 4). En su crítica del texto "lector", Barthes halló una distinción muy valiosa para los que tratan de entender la diferencia entre el hipertexto y la textualidad de la página impresa. Es la oposición de "la obra", el objeto tradicional del estudio literario, a "el Texto", el nuevo campo de discurso que Barthes quería abrir. "La obra" es un escrito determinado, un volumen impreso marcado con el nombre de un autor, sancionado y validado por la tradición. En oposición a esta idea de la literatura "clásica" Barthes sitúa "el Texto", una red de lenguaje que une "la obra" a otros discursos, incluyendo obras de otros escritores y críticos, respuestas del lector e incluso documentos no literarios. "El texto", escribió Barthes, "se lee sin la firma de su padre. La metáfora que describe el texto es también distinta de la que describe la obra... La metáfora del texto es la de la red..." ("From Work to Text" 78).

El sistema Xanadu de Ted Nelson, en el que todo el discurso registrado sería incorporado a una matriz enorme, hace literal en muchos aspectos la nueva visión de Barthes sobre el "Texto". Al menos en un nivel básico, todo hipertexto es un ejemplo del texto-red de Barthes, y esta convergencia de la teoría francesa con la tecnología americana sugiere una realización del hipertexto sin jerarquías absolutistas, donde las funciones "patriarcales" de autor, editor y crítico son abolidas. Hasta ahora, una anarquía discursiva tal ha existido sólo en la teoría, pero eso no ha disminuido su atractivo especulativo. Sin duda J.F. Lyotard tenía esto en mente cuando a finales de los setenta propuso que se diera al público "acceso libre a los bancos de datos y de memoria". En opinión de Lyotard, un sufragio universal de la información podría neutralizar la influencia de la coerción política, reconfigurando el mundo como un sistema abierto capaz de innovaciones infinitas (67). Si hubiera que modelar un hipertexto académico según el proyecto de Lyotard, se podría imaginar como una especie de "Muro democrático", una enorme biblioteca-tablón de anuncios cuyos usuarios serían libres de manipular haciendo conexiones y publicando tesis, donde diez mil flores podrían florecer felizmente.

Pero un sistema así implica cosas inquietantes, no tanto porque conduciría a una creación incontrolada de discurso, sino porque el sentido realpolitik de "dejad florecer diez mil flores" es bastante siniestro. En la China de Mao, esa frase era una invitación al propio procesamiento. Abriendo el sistema momentáneamente, la facción dominante identificaba a los oponentes más peligrosos para silenciarlos después de modo más efectivo.

Quizá no sucedería nada tan maquiavélico en los campus occidentales, pero hay serios peligros al "abrir" sistemas de hipertexto. El hipertexto se podría convertir en una revisión tecnológica de la "Operación Margarina" de Barthes, en que la estructura de poder se somete a críticas triviales para vaciar de antemano cualquier cuestionamiento real de autoridad. Incluso en los sistemas académicos más liberales, no parece que el desarrollo de sistemas hipertextuales vaya a evolucionar hacia la república popular de la información propuesta por Lyotard. Se quedará mucho más cerca de los canales tradicionales de discurso, la biblioteca de la universidad y la editorial universitaria. Pero si se siguen estos modelos demasiado al pie de la letra, el hipertexto académico puede traicionar los ideales antijerárquicos implícitos en su formulación. Puede ser que no haga más que convertir en rutina el carisma intelectual de final de los sesenta.

En el fondo del problema están los conceptos esenciales de "filtrar" y "navegar". En estado puro, cualquier sistema que "una continentes de conocimiento" ahogaría a su usuario con elecciones. Un estudiante de licenciatura que se encuentre con El corazón de las tinieblas quizá quiera saber algo de geografía del Congo, de la historia de los viajes de Conrad en África y de la iconografía de la luz y la oscuridad en la literatura occidental, pero probablemente no quiera visitar estos lugares antes de haber explorado el mundo de la narrativa de Conrad. El hipertexto necesita un mecanismo que permita a los lectores un acceso flexible y filtrado a la información, algo que se ha descrito como "broadcatch", (N.del T.- Literalmente "captura amplia", aunque juega con "broadcast": emisión en un medio de comunicación), (Brand 42-45). La información se filtra buscando su relevancia, y luego hay que presentarla al lector de un modo que respete tanto la coherencia de una línea de pensamiento como la libertad para explorar caminos alternativos.

Los que proponen "sistemas expertos" buscan una respuesta a estos problemas con software semi-inteligente que anticipe las necesidades del usuario. Pero esto tiene sus peligros, algunos de los cuales se demostraron inadvertidamente en un vídeo promocional que distribuyó Apple Computer en 1986. Una parte de la presentación de Apple muestra un "navegador de conocimiento" del siglo XXI, una cabeza parlante generada por ordenador que responde a los deseos de su usuario, un profesor (hombre) universitario blanco. Este "agente inteligente de software" es muy bueno en su trabajo, pero ahí está el problema: algunas de sus acciones son bastante inquietantes. Por ejemplo, con la ayuda de este agente, el usuario humano hace una llamada intempestiva a una colega (mujer) y con ligereza le encarga que le dé su clase sobre una materia que él no se ha molestado en preparar. Cuando el agente muestra una predicción sobre sequía masiva en el África sub-sahariana, este usuario aparece más impresionado por lo ingenioso de la simulación del ordenador que por el hecho de que los colores cambiantes en la pantalla significan la muerte lenta para miles de personas. Aunque el profesor parece el malo de la película, su agente electrónico no es mucho mejor que un pelota. La moraleja parece ser que un "navegador inteligente" es tan bueno como sea su amo.

A corto plazo nos ayudan más los navegadores humanos, que pueden desafiar mejor nuestros prejuicios y nosotros los suyos. Vannevar Bush, que concibió en 1945 el primer sistema hipertextual automático, propuso llamar a estos trabajadores "pioneros", especialistas "que estarían encantados de encontrar caminos útiles a través de la enorme masa de archivos comunes" (Bush 104). Los pioneros tendrían habilidades de historiadores, biógrafos, psicólogos cognitivos y archivistas. Seguirían el camino documental por el que los investigadores llegarían a sus descubrimientos, caminos que registraría al detalle el sistema "Memex" de Bush. Estos esfuerzos contribuirían mucho al avance del conocimiento, sobre todo del conocimiento científico, pero el sistema presenta ciertos problemas. La comunidad de la información de Bush es aplastantemente jerárquica: Memex está claramente pensado para las escalas superiores, no para "el resto de nosotros". Y los pioneros son como mucho acólitos en el sacerdocio de la invención, los lectores ordinarios están totalmente excluidos.

Ted Nelson imagina un papel diferente para los navegadores de su Xanadu. No propone un sacerdocio de buscadores de caminos sino una "subcultura del intelecto", cuyos miembros frecuentarían los "puestos plateados" locales, en respuesta a los Arcos Dorados. Como casi todo en la futurología de Nelson, el nombre para estos navegadores, los "Hipercuerpos Xanadu", es una marca registrada. Los miembros de los Hipercuerpos serían trabajadores en una industria de servicios: "No será gente que sepa programar o reparar un ordenador; más bien serán como las azafatas de los aviones, sabrán cómo hacer que la gente se sienta cómoda" (Literary Machines 3/17).

Pero los Hipercuerpos son también inquietantes. Nelson dice que sería un "culto" de "hackers" de la información, "una subcultura de generalistas que actúan más como fanáticos o jugadores de Dungeons & Dragons." Por desgracia Nelson deja esta comparación incompleta en su contexto local, más como jugadores que qué. Aunque está muy claro que Nelson quiere contrastar sus despreocupados generalistas con los especialistas académicos, se presenta una comparación más complicada. Los navegadores de Xanadu serían más jugadores que empleados. Los Hipercuerpos no cobrarían comisión, y aunque pudieran ganar royalties publicando los resultados de sus búsquedas, tendrían que pagar por la información a la que accedieran. Ya que su trabajo sería básicamente de síntesis, conectando ideas existentes y discursos, tendrían que acceder a muchos más datos de los que acabarían produciendo, con las consiguientes pérdidas monetarias. Aún más, los Hipercuerpos no cobrarían según el tiempo empleado para hacer que los usuarios se sientan "cómodos". Los navegadores de Nelson podrían acabar dando no solo capital, sino su valiosa experiencia a una empresa que generaría beneficios. Quizá esa empresa fuera benévola en sus intenciones y loable en su labor social, pero daría la sensación (como mínimo) de ser una explotación.

Se supone que los Hipercuerpos son la alternativa "populista" al "estiramiento" de las instituciones tradicionales. Quizá el nombre juegue irónicamente con el modelo de los "Cuerpos de paz". Pero Nelson especifica que "los Hipercuerpos de Xanadu serán un grupo especial y una elite", sugiriendo un esprit de corps muy poco igualitario. Nelson prevé que los Hipercuerpos tendrán "un sistema social con su propia jerarquía (en lo alto están los generalistas viajeros), una "educación" asegurada para tranquilizar a los padres, (es mejor que el futbolín), y cada vez más barato." Llame a los navegadores generalistas o generalísimos, y a sus actividades educación o juego, el sistema de Nelson no es desde luego "populista". Si los navegadores tienen rango en una escala, Xanadu es en el fondo un sistema jerárquico en el que los de abajo saben menos del sistema y tienen menos oportunidad de influenciarlo que los de arriba. A pesar de las manifiestas buenas intenciones de Nelson, parece habérsele escapado algo de la vieja mentalidad del centro informático.

Xanadu fue concebido no como un experimento en economía política sino como un innovador sistema de escritura, así que estas objeciones no le hacen del todo justicia. La importancia del trabajo de Nelson en el diseño y especificaciones técnicas de Xanadu hace olvidar sus cuestionables dotes de ideólogo. Pero la reaparición de la explotación y la jerarquía en la visión de Nelson sobre el futuro nos enseña una importante lección: a no ser que los problemas de navegación y filtrado se manejen con cuidado, hasta los sistemas de hipertexto más liberales y benignos pueden acabar pareciéndose a estructuras burocráticas e incluso opresivas.

Supongamos que los diseñadores de un proyecto hipertextual no estuvieran motivados por el apego de Nelson a la iniciativa individual, sino por una preocupación por estructuras de conocimiento determinadas de antemano. Asumamos que los diseñadores del sistema cogieran sus instrucciones de la declaración de E.D. Hirsch de que:

Como la segunda cultura universal, la cultura alfabetizada, es la moneda del intercambio social y económico en nuestra democracia, y el único billete para la ciudadanía completa. Conseguir una tarjeta de miembro no está condicionado por la clase o la raza. Es automático si uno se aprende la información contextual y las convenciones lingüísticas que se necesitan para leer, escribir y hablar con efectividad. (22)

Parece que hay mucho trecho entre el populismo textual de Nelson y las nociones de Hirsch sobre la alfabetización cultural, pero el hipertexto puede ser un atajo entre estos dos puntos de referencia. Un sistema de lectura organizado con nexos podría ser una herramienta formidable para la enseñanza de "información contextual" y las "convenciones lingüísticas", especialmente si esta información se define, como hace Hirsch, en términos de historia social y literaria. Al principio de su ensayo, Hirsch se refiere a la alfabetización cultural como "la red de información que posee todo lector competente." (2) No tenemos mucho que esperar hasta que alguien convierta la lista de Hirsch de "Lo que saben los alfabetizados americanos" en una base de datos electrónica. La idea del hipertexto será atractiva para los defensores de los planes de estudios esenciales y la "cultura de la corriente dominante".

Quizá un hipertexto de "alfabetización cultural" no hiciera ningún daño y sí mucho beneficio, siempre que los usuarios fueran libres para explorar más allá de los confines de la "cultura de la corriente dominante". Incluso reemplazando los Hipercuerpos por una Comisaría de Cultura, los individuos entusiastas tendrían oportunidades de saltarse las reglas y ampliar el discurso, ya que la publicación electrónica crea las condiciones ideales para la circulación de escritura "no autorizada". El hipertexto podría ayudar al movimiento de alfabetización cultural a conseguir su objetivo de enriquecer la educación americana protegiéndola al mismo tiempo de una excesiva tendencia al control.

Pero también hay que considerar una alternativa más tenebrosa. Si es posible imaginarse al hipertexto académico como un sistema abierto, también se puede imaginar un proyecto hipertextual de reglas arbitrarias, hostil a la innovación y desconocido para sus usuarios. Un sistema tal, concebido quizá según el modelo de las "máquinas de aprender" de décadas pasadas, puede aparentar ser un hiperlibro de texto con toda la información que un estudiante necesita "realmente" conocer. Los caminos del estudiante a través de esta información estarían limitados a un escaso abanico gobernado por evaluaciones binarias: "si el lector entiende este concepto que pase al siguiente, si no, que repita." Un sistema así sería un monolito de conocimiento integrado. Sus navegadores (si hubiera alguno) no serían pioneros ni generalistas, sino policía de tráfico y sargentos de instrucción. El sistema no sería hiper-"Texto" en términos de Roland Barthes, sino hiper-"obra", un código de conocimiento adquirido diseñado para dejar en el lector la huella de su idea de orden.

Pero estas especulaciones hacen énfasis deliberadamente sobre lo negativo. El hipertexto no logrará producir una anarquía utópica del discurso, pero si tenemos cuidado al diseñar los sistemas, tampoco tiene que hacerse rígido y convertirse en un imperio de signos. Necesitamos urgentemente una teoría social del hipertexto, unos principios que consideren al texto no como un objeto autónomo, sino como una transacción cambiante entre lectores y escritores. Ya se han hecho contribuciones esenciales a esta teoría por parte de humanistas interesados en la retórica del hipertexto: George Landow y Jay David Bolter. Sin embargo aún han de discutirse ampliamente las "inmensas consecuencias políticas" que Nelson vio en su revolución textual. Como un primer paso hacia esta discusión, he aquí tres propuestas para incorporar al diseño de los hipertextos futuros.

El hipertexto no es un objeto, sino un sistema. Esto es simplemente reiterar la distinción de Barthes entre "obra" y "texto". Los diseñadores de la próxima generación de hipertextos no deben intentar producir libros de texto para planes de estudios "esenciales". El hipertexto no es un artefacto limitado como un volumen encuadernado, es una colección dinámica y expansiva de textos cuyos contenidos cambian a cada momento. No tiene nada que ver con un libro, sólo un poco con una biblioteca, y mucho más con la universidad en sí misma, definida por sus recursos heredados y las contribuciones actuales. Aunque cualquier sistema necesitará probablemente una parte que permanezca constante, es mejor no depender demasiado de un esquema de texto canónico o discurso definitivo.

El hipertexto es un medio. Todo sistema hipertextual tiene que permitir escribir además de leer. La función del sistema hipertextual no es solamente diseminar información sino mejorar las condiciones en que la gente puede intercambiar, desarrollar y evaluar ideas. Los usuarios de un hipertexto académico deberían poder explorar nexos entre diferentes áreas de conocimiento, y también crear nexos propios añadiendo sus escritos al sistema. Ya que es un medio de comunicación pública, el sistema hipertextual debería estar administrado por un cuerpo representativo, lo ideal sería un comité compuesto de todas las clases de usuario: estudiantes, profesores y otros miembros de la comunidad.

El hipertexto debe ser plural. Las dos propuestas anteriores presentan un problema crucial, ¿cómo puede una institución académica mantener a la vez la libre expresión y una estructura significativa de conocimiento? Si cualquiera puede cambiar el sistema, y si tanto estudiantes como profesores pueden ser autores, ¿cómo se protegerán los necesarios privilegios y distinciones? La solución es muy simple, el sistema hipertextual no tiene que ser una matriz uniforme sino una red heterogénea de espacios textuales. Las mejores propuestas de hipertexto ofrecerán zonas separadas de discurso, donde habrá diferentes convenciones de acceso. Una zona, que puede ser una extensión de la biblioteca universitaria, permitirá sólo lectura, con un archivo de información que por acuerdo de los supervisores se mantendrá permanentemente. Unas zonas permitirán establecer nexos y escribir sólo a una clase de usuarios, por ejemplo a estudiantes matriculados en un determinado curso, mientras que otras zonas pueden permitir que cualquiera contribuya. Pero la división del hipertexto en zonas no debe constituir atomización o favorecer a determinados grupos. Aunque se pueden tener diferentes opiniones sobre el valor intelectual del discurso en un dominio o en otro, ninguna zona debería estar sujeta a edición o censura especial, y todas deberían estar abiertas para todos por lo menos al nivel de lectura.

Los sistemas que incorporen alguna versión de estas ideas, sobre todo de la noción de zonas independientes, tienen que mantenerse entre los extremos de la anarquía informativa y el despotismo. Este modelo imita las estructuras sociales que ya promueven el libre intercambio de ideas en el ámbito académico. Pero aunque un hipertexto plural se parece al sistema actual de seminarios, forums, conferencias y publicaciones, tendría ventajas significativas sobre la presente comunidad de discurso. Las "zonas" de intercambio intelectual de hoy se parecen a la visión centrífuga de Thomas Pynchon de la Europa de posguerra. Son sociedades separadas moviéndose por caminos ideológicos y metodológicos distintos que se alejan del centro. Anexando estas zonas, un hipertexto plural puede crear nuevas oportunidades para la comunicación y el enriquecimiento, dentro y entre las disciplinas.

Por otra parte, no se puede negar que el hipertexto va a desestabilizar las instituciones intelectuales quizá más violentamente que cualquiera de los movimientos políticos de finales de los sesenta. Como señala Ted Nelson, vendrán muchas luchas: luchas por el acceso a la información, el diseño de planes de estudio, y la definición de cánones y métodos. Estas luchas preceden a cualquier tecnología, incluso a la escritura misma. La comunicación asociativa y por alusión que propugna el hipertexto siempre ha estado en el corazón de la investigación humanista, pero eso no significa que el hipertexto meramente aumente o amplifique el discurso existente. El hipertexto no sólo hace los nexos textuales más numerosos y efectivos, además cambia los usos sociales de esos nexos. Al crear un mundo donde el discurso no está limitado a "obras" aisladas, donde las preguntas de los estudiantes tienen la misma presencia textual que las glosas de los profesores, el hipertexto nos forzará a reformular nuestras nociones de autoridad intelectual. Esta puede parecer una perspectiva temible, pero realmente hay muy poco que temer. El medio hipertextual favorece la pluralidad por encima del monopolio, el movimiento por encima de la rigidez, y la conexión por encima del aislamiento. Estos valores han sostenido el discurso humanista en el pasado, y si no los rechazamos ahora, deben garantizar su futuro.

Bibliografía seleccionada


Stuart Moulthrop: In the Zones. Hypertext and the Politics of Interpretation


© Stuart Moulthrop 1989

© de la traducción Susana Pajares Toska 1997